Antes de que existieran los laboratorios forenses y los microscopios modernos, las personas ya se preguntaban algo muy simple: ¿por qué una bala viaja tan rápido y qué la hace tan peligrosa? La historia de la balística comienza con la invención de la pólvora, alrededor del siglo IX, cuando se descubrió que una mezcla de sustancias podía generar una gran explosión. Al principio, nadie entendía bien qué estaba pasando, solo sabían que “funcionaba”.
Con el paso del tiempo, las armas de fuego se fueron perfeccionando y surgió la necesidad de entenderlas mejor. Durante los siglos XVII y XVIII, científicos como Galileo Galilei e Isaac Newton comenzaron a estudiar el movimiento de los cuerpos, incluyendo proyectiles. Gracias a ellos se empezó a explicar la trayectoria de una bala usando matemáticas y leyes físicas, y no solo suposiciones.
Más adelante, en el siglo XIX, las armas se volvieron más precisas y apareció un problema nuevo: muchos delitos se cometían con armas de fuego y era necesario saber quién había disparado. Aquí es donde la balística da un gran salto hacia el ámbito forense. Los investigadores descubrieron que cada arma deja marcas únicas en los proyectiles y casquillos, algo parecido a una huella digital.
En el siglo XX, con la llegada del microscopio comparativo y la tecnología moderna, la balística forense se consolidó como una ciencia. Hoy en día, los peritos pueden relacionar un arma con un delito usando herramientas avanzadas y métodos científicos. Así, la balística pasó de ser solo un tema de guerra a convertirse en una aliada clave de la justicia.


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