Desde sus inicios, la fotografía ha sido considerada una herramienta fundamental para las investigaciones. Antes de la aparición de las cámaras fotográficas, los investigadores dependían de dibujos, descripciones escritas o testimonios para representar una escena. Sin embargo, estos métodos podían contener errores, omisiones o interpretaciones subjetivas. La fotografía permitió capturar imágenes exactas de los hechos, proporcionando una representación visual más confiable y permanente.
La fotografía forense comenzó a desarrollarse formalmente durante el siglo XIX, especialmente cuando las ciencias criminalísticas empezaron a integrarse en los sistemas de justicia modernos. Con el tiempo, se convirtió en una disciplina indispensable para policías, peritos, médicos forenses y criminalistas. Actualmente, el avance tecnológico ha permitido mejorar notablemente la calidad, rapidez y precisión de los registros fotográficos utilizados en investigaciones.